viernes, 28 de octubre de 2016

Desde el balcón




Es mayo, los días se acortan, el aire se afina, cierro los vidrios. Por las noches ver las ventanas que se encienden me reconforta. Desde mi balcón veo la ciudad vertical que estira sus dedos hacia el cielo oscuro de los dioses, queriendo alcanzarlos con sus torres y antenas, en el afán de ser un ínfimo dios más. El cemento alberga secretos, culpas, protege a los recién nacidos o los desampara, a las que amamantan o aquellas con los pechos vacíos. Protege; también abandona, sacrifica.
La ciudad: con tantas historias como tantos ojos abiertos o cerrados contenga. A solas, en el balcón, las conjeturo para distraerme y no pensar en la mía. Sin embargo, alguna vez cierta tecla se dispara, el corazón late veloz, la garganta se obstruye y pienso que la vejez por fin vendrá, entonces estaré a salvo de las nostalgias que todavía no pude desterrar. Los años me cubrirán con su manto de cenizas y lo que me reste por vivir se deslizará sin ansias.
Tampoco es seguro que eso ocurra. He tenido demasiados deseos en estos treinta y cinco años. Ignorarlos es una mala táctica, resurgen en los sueños, en momentos impredecibles: chispas que se escapan de una esperanza aún indómita.
Para olvidar mi historia, absorbo las que mis alumnos me participan. Ven en mí a alguien confiable, que no juzga, escucha y no interfiere con anécdotas personales. No podría, lo único que quiero es suprimir de mi memoria aquellos tres días abominables.
Y para eso tengo que borrar mi vida, como si hubiera nacido hace un año, cuatro meses y quince días, porque al rememorar las buenas épocas, ineludiblemente, algo tenebroso se cuela en el recuerdo y caigo en el horror de lo ocurrido.
Para ciertos actos infames —ese acto infame—, hay que inventar palabras, sonidos, no se lo puede nombrar sin quedar destrozada. Si me asaltan esas imágenes improviso onomatopeyas con muchas consonantes, cuya pronunciación termina siendo un gruñido. La vez siguiente tendré que buscar nuevas porque olvido el orden de las letras. Esto ocurre después de una pesadilla, cuando las escenas vuelven a repetirse.
La ciudad quedó afuera, la miro desde el balcón, mientras espero a mis alumnos con sus historias o, por las noches, las que imagino detrás de cada ventana. 
Pía, a quien doy clases de refuerzo, una tarde me dijo: la felicidad tiene el sabor de las frambuesas, y sus ojos estaban iluminados, igual que las ventanas nocturnas. Mordí esa pequeña porción de fruta que ella me brindaba y algo se me dulcificó por dentro.
Liria es el nexo entre la ciudad y yo; me trae todo lo que necesito. Dejé de extrañar las caminatas por calles arboladas, los cafés de las librerías, los reflejos líquidos en el asfalto después de la lluvia, ir a un recital o a mis cursos de pintura. Al principio mitigaba esas nostalgias convenciéndome de que me salvaba de los empujones, las largas filas, la basura acumulada en las esquinas, los bocinazos, mirar por encima del hombro con desconfianza.
Sí, he resignado mucho, detuve un engranaje y una parte de mí funciona en automático, da clases, escucha los relatos de los alumnos, mira la ciudad, cuyas luces opacan las estrellas. No hay nada más desvaído que el cielo urbano.
Cuando me encontraron en la zanja y volví a la realidad, mi primera conexión fue con el cielo negro, regado de mercurio como solo se ve en el campo. Me sentí cubierta por ese sayo frío, impersonal, que no se espantaba por mis laceraciones internas y externas. Ese contacto, creo, me permitió seguir viviendo, me preservó de las miradas de lástima, de las preguntas torpes, del dolor por no haber muerto, por ser mujer y sentir una vergüenza que no me correspondía.
El otoño progresa y —a pesar mío— voy ingresando en la añoranza de los proyectos truncos, de un amor que llega, de las menudas alegrías cotidianas. Leí una vez que la infelicidad es la expresión del miedo.
Quizás en el recogimiento natural del invierno intente nombrar lo innombrable como una forma de purificación de lo que fue ensuciado, consiga restañar lo que ha sangrado tanto  y —definitivamente— logre pronunciar esas palabras en voz alta. Por las que sufrieron lo mismo, por mis estudiantes. Sobre todo por mí.


©  Mirella S.   — Noviembre 2012 —



Este fue el primer post que publiqué cuando abrí el blog, hace cuatro años. 
Casi no tenía lectores en ese tiempo. Con motivo de la marcha del Miércoles Negro del 19 de octubre, pidiendo “Ni una menos”, lo vuelvo a subir para los que no lo leyeron.




martes, 25 de octubre de 2016

Un mimo para Arantza




Hice este video con un poema de mi querida amiga Arantza Gonzalo Mondragón, como una acaricia al alma para estos momentos problemáticos que está atravesando.




Buscando el azul



Hay gente que pasea el cuerpo
y gente que pasea el alma.
Unos corren por los andenes
para no perder el tren de la primavera
mientras otros esperan a que el invierno les estalle.
Hay corazones que guardan billetes caducados
en el fondo de un violín de tiempo,
buscando un amor
que les robe la memoria
y así olvidar la soledad
que borró días en el calendario.

Quizás debamos restar a las estaciones
los minutos en que las flores salen,
arañar los perfumes y los colores
dentro de un universo imaginario,
esperar que regrese del baúl escondido
el impulso definitivo hacia azules más intensos.

Puedo perdonarlo todo,
excepto que no me quieran.



©   Aranzta Gonzalo Mondragón
©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 19 de octubre de 2016

Los sonidos del silencio



Clac clac clac, el goteo de la canilla y el pulso del reloj son isócronos a mi ritmo cardíaco. En la quietud de la habitación escucho los crujidos de un mueble, las gárgaras de la cañería del vecino de arriba, el roce satinado que mi mano provoca sobre el papel. El silencio absoluto no existe.

Sin embargo, lo persigo y entro con cautela en el feudo de mi mente para que no se distraiga con el desplazarse del minutero ni se detenga en la sutil llovizna de mi inercia, en el suspiro por la limitación que me imponen las palabras.

Tampoco lo encontraré en medio de un campo, en el desierto, en lo que imagine como la nada misma. Se producirán sonidos casi inaudibles pero existentes, que mi oído siempre alerta, captará. El aleteo de una libélula, el deslizamiento de un granito de arena, el arrastrarse furtivo de un alacrán, el aire que tose en un soplo repentino de céfiro.

La vida brota por entre los resquicios del silencio, lo desgarra con sus rumores, se aloja en los cuerpos, en el cerebro con su run run incesante de ideas, imágenes. Yo nunca pude vaciarlo como hago con la papelera, dejarlo en blanco. Cuando lo intenté, aparecieron matices fulgurantes, flashes de escenas como de películas, incluso ecos de canciones.

No puedo esperar que todos los sonidos se apaguen para no dispersarme y rastrear el camino que me conduce a las palabras. Aunque no las encuentre, ellas están ocultas en el acto del amor, en el interior de los latidos, en una risa que se eleva como un pájaro de plata. Surgen en el germinar de una semilla o enmudecen ante el pavor lisérgico de una mirada. 

El silencio absoluto es la muerte.


©  Mirella S.   — 2016 —                                                                                         




miércoles, 12 de octubre de 2016

Limpieza



Imagino la cara de disgusto de Olivia cuando se entere de que Mercedes no vino y vea los vidrios del living manchados por la lluvia. Esta mañana cayó un diluvio. El viento, enardecido, tiraba el agua a baldazos en el balcón, que quedó como un pantano: una mezcla del hollín de los autos y el cemento del edifico que construyen al lado. No tuve la precaución de bajar las persianas, no quiero estar a oscuras si puedo mirar la lluvia resguardado en mi escritorio. Me produce placer, no me importa que los vidrios se mojen.
Seguí escribiendo mis artículos; alrededor de las once hice una pausa para prepararme un café. Por la hora Mercedes ya no iba a venir, vive en el culo del mundo, toma un colectivo hasta la estación del tren y el subte en Constitución. Hace bastante que trabaja en casa y me doy cuenta de que sé poco de su vida. Tiene varios chicos y el marido está enfermo de un mal raro y es él quien los cuida.
A veces me da lástima verla con esas ojeras, me levanto, le hago un café con leche y agrego una generosa porción de budín con nueces. Ella se pone colorada y siempre me dice no se hubiera molestado, señor. No me molesta; necesito un recreo de media mañana y a Mercedes algo caliente en el estómago le va dar un poco de energía, meta franelear muebles, frotar vidrios, porque no debe quedar ni la más ínfima mácula.
Si el tiempo está bueno me voy al bar de la esquina, mientras ella limpia el escritorio. No me llena la cabeza con sus problemas, que son serios, como hacía la que venía antes, de la que ya ni me acuerdo el nombre.
Olivia es una obsesiva y cuando está en casa revisa todo lo que hace Mercedes, pasa el dedo por los muebles y no perdona la mínima mota de polvo. No entiendo por qué quiere que todo reluzca como un espejo si al otro día aparece ese velo opaco que nos deja el polvillo de la construcción. Nada puede quedar fuera de sitio y a mí, honestamente, cierto desorden no me incomoda, da más sensación de hogar; cuando está tan pulcro me parece que habito en la casa de una revista de decoración.
Menos mal que ahora Olivia tiene que ir más seguido al estudio y hay mañanas en las que se va, así Mercedes puede trabajar sin la presión de los gestos de Olivia, que no es de recriminar, hay que reconocérselo, pero pone caras: ladea la cabeza, entrecierra los ojos, frunce los labios pulposos y después los mete para adentro y le queda una línea taxativa que, a mi juicio, es un gesto más demoledor que un reproche. A veces vuelve a limpiar sobre lo impecable, saca telarañas imaginarias de los cielorrasos, dobla el diario por su doblez original, le da palmadas al sofá, como si el tapizado (que cambió hace un mes) hubiera absorbido toda la tierra de la ciudad.
Olivia, te tendrías que haber llamado Olimpia, le digo en broma. Ella se ríe mientras repasa con la gamuza la mesita ratona. Conmigo no se molesta por mi desprolijidad, se me ocurre que lo agradece, porque así tiene una excusa para ir y venir, no se puede quedar quieta.
En cambio yo soy un perezoso, en cuanto termino con los escritos me tiro en la cama, escucho música, leo o dejo vagabundear la mente. También me gusta mirarla, el modo en que va y viene, levanta algo, guarda un libro, pasa la aspiradora, metida en ese universo inalcanzable, del que estoy excluido. Ya no le pregunto más, sé que tiene que ver con su familia, a la que nunca conocí, la criaron unos tíos, el padre se fue o se murió. O la que se murió fue la madre, se me confunde la historia; la única vez que conseguí abordar el asunto le tuve que sacar unas frases con tirabuzón. Sé que con los tíos terminó peleada, la tía le dijo que se fuera y no los vio más. Algo pasó que le ensombreció la vida.
Hablamos poco entre nosotros, no es que seamos personas calladas o nos falten palabras. Yo vivo de las palabras que escribo. Cuando nos juntamos con amigos somos muy sociables, siempre proponemos temas. Tampoco creo que esté mal que no nos comuniquemos cosas, me parece que tenemos otro entendimiento que está más allá de lo verbal. Pesco al vuelo si está triste o de malhumor o si le ocurrió algo grato: lo emana, su cara es un libro abierto para mí; o sus manos, si las crispa, si tamborilea en la mesa, si las deja laxas sobre las rodillas, si las ocupa para limpiar desaforadamente.
¿Qué querrá limpiar? ¿Hubo algo que la ensució? A qué se debe el ansia por mantener todo en su lugar, controlar el caos. Sí, hay muchas cosas que no sé de ella. Me atrae su enigma, no quiero quebrarlo con cosas dichas, que después no se pueden borrar y quedan ahí como un peso muerto que hay que sostener y del que no te librás más. Mejor no saber secretos destructivos, uno los intuye, forman parte de nuestra vida, para qué sacarlos a la luz, despertar a la bestia que dormita en el fondo.
Estamos bien así, nos miramos a los ojos y sabemos de ese sedimento oscuro, aunque no esté explicitado en palabras, nos sonreímos, el amor es dulce o salvaje, según los ánimos. Y cuando ella no está, dejo el toallón en cualquier parte, el espejo salpicado, la colcha con arrugas, el escritorio que hierve en el desorden de carpetas, en el revoltijo de papeles, libros apilados, que crecen como árboles desde el suelo. Siento que tengo dos casas, dos historias, la propia y la compartida.
Ya es la una, paró de llover, quedó un cielo gris, aburrido de lluvia. Mercedes no vino. El balcón está todo enchastrado y detrás de los vidrios el panorama se desvanece como un tul. Esta tarde, cuando Olivia regrese, va a tener mucho para limpiar. Percibo que cuando limpia es como si rezara, la cara se le distiende, se siente segura, protegida de recuerdos que duelen.


©  Mirella S.   — 2012 —




miércoles, 5 de octubre de 2016

Divagues sobre un objeto no identificado

Imagen de Ilya Rashap


Puede ser una infinidad de cosas, algo inútil para nuestro mundo utilitario o un objeto imprescindible, con una función que desconozco. Cayó en la palma de mi mano desde el enigma de una bolsa de papel madera que dejaron en la puerta del departamento.
Debo confesar mi perplejidad y desilusión. Lo miré desde todos los ángulos, lo abandoné en una repisa y continué con mis ocupaciones habituales. Al otro día lo metí en el bolsillo de la campera y lo llevé a pasear. Cada tanto lo miraba, pero seguía sin transmitirme nada.
—Me estás complicando la vida —le dije. 
—Tampoco es para tanto —me contesté—, empezá a describirlo, a vos te gusta y te sale fácil desvariar —volví a decirme.
Era un artilugio pequeño, de metal oscuro, con forma de pera, soldado a una base redonda y plana, en cuyo centro se incrustaba un anillito de hierro.
Por la semejanza se me ocurrió que podía ser el chupete de un mini robot japonés, al que intentaban fomentarle las emociones de un infante. Le ponían el adminículo para calmar el hambre de contacto, la ansiedad de no tener madre.
—No pienses más tonterías —me dije—. Sin embargo, me pareció que gracias a ese disparate se me abría una nueva dimensión: el chirimbolo* podía ser lo que yo quisiera. Y eso me estimuló. Tenía carta blanca para imaginarle una procedencia, una historia, hasta una finalidad.
Me arremangué, miré hacia el techo, mordí concienzudamente la punta de la birome, estuve relojeando* un rato al pendorcho* y esperé. 
Al observarlo de frente tuve la impresión de un ojo negro, pongamos un ojo de ébano, con una pupila plateada, tal vez de zirconio o de un material aún no descubierto, con propiedades curativas. Si se frota ese punto, como si fuera la lámpara de Aladino, se separará en dos partes y saldrá una antenita para medir el aura, detectando turbiezas, poca energía vital, enfermedades. Ya con el diagnóstico hecho, se vuelve a guardar la antena, se sostiene el artefacto por el aro, se lo desliza a lo largo del cuerpo del sufriente y, como si fuese una goma, se le borran las malas ondas.
Su forma también me sugería la de un anillo, con una gran piedra abovedada, imposible de usar en nuestros medios de transporte sin dejar tuerto a alguien. Por lo chico del diámetro de su aro, entraría solo en el meñique de un niño. Le adjudiqué un origen inmemorial, no del mundo tangible, sino ligado a ciertos seres mitológicos, con manos de dedos tan finos como barritas de incienso. El engarce contenía un trozo de obsidiana proveniente de un volcán extinguido por las aguas del océano en eras primitivas. Lo forjaron magos orfebres, con la condición de que no traspasara el umbral del mundo habitado por aquellos seres longilíneos y espirituales. Si eso ocurría, el anillo perdería sus virtudes convirtiéndose en el cachivache* anodino que encontré.
Podría seguir y atribuirle los antecedentes que se me ocurran, aplicarle usos elevados o nefastos, construir toda clase de anécdotas delirantes, pero, al fin de cuentas, siempre me quedará la pregunta existencial: ¿para qué carajo sirve? Además de la enorme curiosidad de saber quién lo dejó en mi puerta y porqué.


Mirella S.  —2011—                                                                   


Glosario

Chirimbolo o pendorcho: objeto de forma extraña o complicada que no se sabe cómo nombrar. 

Relojear: mirar, observar.

Cachivache: objeto, generalmente de escasa utilidad, al que se concede poco valor.