jueves, 26 de diciembre de 2013

Vacilaciones




Foto de Mirella S.



La luz lateral ciñe los rasgos,
pinta un claroscuro de incertezas,
geometría de ángulos y perspectivas.

Un pie quiere subir, el otro se afirma
resguarda la voluntad del equilibrio. 

Ojos que se apartan de las sombras
acechantes al final de la escalera.

Misterio del vacío, puerta sin llave.

Como un artífice del azar
se abre al equívoco de un sueño.



©  Mirella S.    
Diciembre 2013






domingo, 22 de diciembre de 2013

Un regalito, desde el corazón...



Camille Engel (Estados Unidos)


Cuando era chica para Navidad siempre esperaba que me regalaran un libro y, si se podía, una muñeca. 
Pero el libro estaba primero. 
Hoy mi regalo para todos ustedes no serán palabras, sino estas  imágenes que nos hablan de libros y de lecturas, a través de cuadros e ilustraciones de artistas de todos los tiempos y de distintos lugares del mundo. 
Para mirarlas y disfrutarlas con los ojos del alma. 

¡Felicidades para todos!


¡Gracias Johannes!

Michelangelo Merisi "Caravaggio" (Italia, 1573-1610)

Jan Vermeer  (Holanda, 1632-1675)

Jean Honoré Fragonard (Francia, 1732-1806)

Retrato de Emile Zola
por Edouard Manet (Francia, 1832-1883)

Mary Cassat (Estados Unidos, 1845-1926)

Edward Hopper (Estados Unidos, 1882-1967)

Salvador Dalí (España, 1904-1989)

Claude Verlinde (Francia, 1927)

Ilustración de Charles Wysocki (Estados Unidos, 1928-2012)

Jimmy Lawlor (Irlanda 1933-2012)

Arte digital de Dave Cutler (Estados Unidos 1942)

Ilustración de Jonathan Wolstenholme (Inglaterra, 1950)

Gurbuz Dogan Eksioglu (Turquía, 1954)

Acuarela de Stephen Scott Young (Hawaii,1952)

Arte digital de Jim Tsinganos (Australia 1964)

Slava Groshev (Rusia, 1971)

Ilustración de Elina Ellis (Inglaterra, contemporánea)

Rosaria Battiloro (Italia, 1984)







Leer y entender es algo;
leer y sentir es mucho;
leer y pensar es cuanto puede desearse.

Anónimo


martes, 17 de diciembre de 2013

Manos a la obra







El jefe de mamá, don Amílcar Segovia, tenía la costumbre de apelar en sus conversaciones a una gran profusión de frases hechas.
A la salida de la escuela yo iba para la oficina y esperaba que ella terminara la media hora que le faltaba cumplir. Era una media hora fascinante. El señor Segovia siempre estaba hablando con alguien por teléfono, con mamá o con clientes y era entretenido escuchar expresiones novedosas para mí.
Muchas mencionaban partes del cuerpo. Una vez le dijo a un cliente: hagamos el trato a ojos cerrados; mientras que a otro lo increpó: se le debería caer la cara de vergüenza; y a un proveedor le advirtió que él no se chupaba el dedo. A mamá le aconsejó que anduviera con pies de plomo con un tal Fernández, que hablaba hasta por los codos y no tenía dos dedos de frente. En cambio para cobrar un trabajo, dijo: tuve que luchar a brazo partido para defender lo mío con uñas y dientes.
Lo más extraño era que por temporadas usaba modismos basados en la misma palabra. Y cuando empezó a insistir con las frases que contenían la palabra mano, las fui escribiendo en la última hoja del cuaderno borrador. Así me enteré que se había quedado en la empresa para darles una mano a los chicos, que no tenían experiencia y así se fogueaban. Según mamá, los “chicos” eran dos vagos cabezas de chorlito, casi cuarentones. A ella, de tanto escuchar al señor Amílcar, se le pegaron algunas de sus expresiones y de los hijos decía que si uno les daba una mano, se tomaban el pie.
El tema de las manos me interesó, era la parte de mi cuerpo que más cuidaba porque quería ser pianista. Constantemente las movía, practicando escalas en el aire y me provocaba un placer inefable tocar superficies lisas, igual que el teclado del piano, por donde mis manos se deslizaban con facilidad y las yemas sentían las vibraciones de los materiales convertidas en música.
Lavar las manos a menudo, ponerles crema, recortar y limar las uñas y posibles asperezas con la piedra pómez, era un ritual cotidiano que practiqué siempre, aún después de haber comprendido que las clases de piano en lo de la señorita Noemí eran insuficientes y no teníamos dinero para pagar el Conservatorio; sin embargo todavía cultivaba la esperanza. Sentarme calladita en el sucucho que le servía de oficina a mamá, con el manual abierto en la punta de su escritorio para disimular, era la gran diversión de esa época.
Detrás de la puerta vidriada podía oír el vozarrón del señor Amílcar, a quien yo imaginaba robusto, con una barriga curvada tipo balcón, en la que se gestaba esa voz gruesa, altisonante, que transmitía tantos dechados de sabiduría popular.
La tarde que salió de su recinto, me asombró ver a ese hombrecito alto, tan magro en carnes al punto de parecer un anticipo de cadáver. Le alcanzó unos papeles a mamá y dijo, con esa voz que —después de haberlo visto— me sonó de ultratumba: con este pedido no hay que dormirse en los laureles, ayer tuve un mano a mano con los de Lima y todo marcha sobre rieles.
El señor Segovia debía andar por los ochenta. Conocerlo personalmente coincidió con el período de locuciones con la palabra “manos”. Fue un período inolvidable para mí, sin embargo, lo verdaderamente sensacional eran los refranes.
Cuando Luisito y Andresito —los grandulones de los hijos, que él seguía tratando como a dos cachorros indefensos— se encandilaron con un hipotético negocio que los haría ricos, él los frenó con un más vale pájaro en mano que cien volando. Ante la propuesta de una expansión desmesurada para entrar en competencia con una empresa prestigiosa del ramo, dictaminó: más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Me quedé boquiabierta la vez que no sé quién lo amenazó con un juicio y el viejo, sin inmutarse, le espetó: más vale mano de juez y dedo de escribano que brazo de abogado. Los refranes que empezaban con más vale me sonaban tan categóricos como si contuvieran una amenaza velada o una admonición.
Mamá me comentó que el cariño por Luisito y por Andresito obnubilaba al señor Amílcar y no veía o no quería ver (ojos que no ven, corazón que no siente), que los holgazanes metían la mano en la lata, o sea: robaban a cuatro manos y que la pequeña pero sólida empresa que al señor Amílcar le había costado sangre, sudor y lágrimas llevar adelante, se estaba desmoronando gracias a esos ingratos. Información que fue corroborada por una frase que largó el viejo casi en un susurro, pero que escuché claramente detrás de la mampara que dividía las dos oficinas: la mano viene pesada.
Fue ella la que pescó a los inescrupulosos con las manos en la masa y le llevó al desolado señor Amílcar las pruebas irrefutables de la traición. El pobre largó una seguidilla de lugares comunes que apenas alcancé a anotar. Primero escuché un gorgoteo como de una cañería tapada o de alguien que se atragantó con un huesito de pollo y después la voz, más retumbante que nunca, dijo: éstos vinieron con una mano adelante y otra atrás y ahora se quieren ir con las manos llenas, mientras yo las tengo atadas. Y la perla máxima: cría cuervos y te sacarán los ojos (nuevo ruido a gárgaras). Ponía las manos en el fuego por ellos, cuando los traje creí tocar el cielo con las manos, sí, es verdad que se pasaban buena parte del día mano sobre mano, siempre creí que muchas manos en un plato hacen mucho garabato.
Ese fue el principio del fin. Unos meses después, cuando el negocio bajó las persianas, me di cuenta de que mamá no podría costearme más las clases con la señorita Noemí y el Conservatorio entró a formar parte de una realidad que no tenía que ver conmigo.
El señor Amílcar Segovia saldó todas las deudas, indemnizó al personal y se despidió diciendo: ustedes, sin comerla ni beberla, pagaron el pato, mientras que otros se hicieron el agosto. Por suerte quedamos a mano.
Colgó un cartel rojo de SE VENDE en la entrada y se retiró a su oficina. Lo encontró el sereno, que había ido a buscar sus pertenencias, volcado sobre el escritorio; las manos afiladas (que se volvieron hermosas en el recuerdo) sosteniéndose el pecho.
Mamá sentenció: como se vive se muere, y el señor Amílcar murió con las botas puestas.
Él decía tantas cosas que ahora pueden parecer obvias, como de un solo golpe no se derriba un roble, persevera y triunfarás o manos duchas, comen truchas. Y yo era buena para las manualidades; decoré cajitas, hice collares, pulseras, muñecos de paño lenci y así me pude pagar la media beca que me dieron en el Conservatorio. Si llegué hasta donde llegué, ni más adelante, tampoco más atrás de lo que me correspondía, fue porque no me crucé de brazos y puse manos a la obra. 

©  Mirella S.  -2011-       



Imágenes sacadas de la Web



Es un cuento viejo (se nota), que escribí en el taller literario. 
La consigna era armar un texto que contuviera frases hechas.
En este lado del mapa hace mucho calor y estamos  esperando las vacaciones, 
tal vez, necesitamos algo más ligero para terminar el año.
O soy yo que lo necesito...






domingo, 8 de diciembre de 2013

Las voces del olvido







Cuando me siento sola hay una voz que, como el viento, se cuela por la ventana y sisea en la noche de mi soledad. Me impide escribir, no puedo elegir las palabras, las confundo, se enredan en un murmullo del cual no obtengo significados.

Es una voz andrógina, por momentos tiene un timbre femenino, en otros se vuelve grave. En realidad son varias voces, hombres y mujeres de mi historia, quedados allá afuera y ahora vienen a cumplir con las visitas que no me hicieron antes. Voces muertas, voces olvidadas que se filtran por los quiebres de la memoria. Pensé que no llegarían hasta aquí, pero me han alcanzado.

A veces entiendo alguna palabra suelta y la anoto en la libreta que me permiten tener. De inmediato el sentido de lo que estaba escribiendo se altera, pierde coherencia. Entonces me estremezco al pensar en las miradas aviesas que circularán por la ronda de sillas a la hora de la lectura.

Desde que me confiscaron el lápiz con la punta afilada, del que las palabras caían como cuchillos, no me place más dibujar las letras con esta fibra gruesa. Detesto el manchón carmesí de mis tachaduras, no hay forma de borrar las palabras equivocadas de la tinta que se derrama sobre el papel barato. La hoja se llena de heridas que supuran mi desconcierto.

Las voces o los murmullos son algo reciente, aparecieron cuando dejé de tomar la pastilla celeste. Ahora tengo un retazo de cielo escondido en la funda de la almohada, me arrebata de la oscuridad del cuarto y me conduce al color glauco del atardecer. Quisiera que esos susurros fueran trinos de pájaros y no letanías de ausentes.

En las horas alargadas por el insomnio, ejecuto la autopsia de los recuerdos y me revelan las máscaras de aquellos que fueron, ya no son o serán en otras patrias. A medida que el cielo se expande en el vientre de mi almohada, también las voces se multiplican como larvas. Empiezo a reconocerlas, presto atención y dejo que el extremo de la fibra se desangre en la hoja vacía.

Habrá expresiones de sarcasmo en el círculo de sillas ante mi libreta en blanco, sin embargo ya no me importa. Alguien dirá la poeta ha enmudecido y querrán que hable. Pero estaré distraída, ahora mi prioridad es la exhumación de las voces.

El interés por lo que está fuera de mí es cada vez más escaso; el foco está puesto en la tarea de reconstrucción. Desmenuzo los sonidos y voy ubicando a quién pertenecen. Quizás no esté más sola, porque detrás del rumor de las risas, la vehemencia de ciertos adjetivos, empiezo a distinguir formas. Como sombras chinescas proyectadas en la pared, se agitan en saludos espasmódicos.

Extiendo los brazos, las llamo. Quedan expuestas las vendas de mis muñecas y sin pensar me las arranco, lo mismo que la bata. Y las sombras se arremolinan a mi alrededor, acaso para cubrir la desnudez de mi cuerpo.



 ©  Mirella S.   2013






1.  Foto de  Mariska  Karto
2.  Foto de  Matthew  Scherfenberg






martes, 3 de diciembre de 2013

Hilitos

 Fragmento de un cuadro de Daria Petrilli


Un hilito cuelga de la cortina. Trato de sacarlo, arruina la simetría impecable del paño. El tirón es demasiado brusco y la tela se frunce. Sigo tironeando y el hilo resalta en la trama, igual que la vena hinchada y rugosa de un viejo. He estropeado la cortina, lo mismo que hice con tantas situaciones de mi vida.

Me matriculé de arruinadora profesional, en esa búsqueda tenaz de excelencias que no existen. Los placeres terminan por empañarse ante mis ojos.

Lo que llaman felicidad no se pega a mis dedos, ni embadurnándolos con Poxipol. Desearía que durara algo más y no resulte una expectativa frangible, que cuando empieza a modelarse, acaba rota en pedacitos insignificantes. Siempre ansiando absolutos, cosas que se cierren con la pureza de un círculo.

Hay privilegiados a los que ciertas felicidades les llegan fácilmente. Las guardan en cajitas llenas de compartimientos y clasifican las horas de dicha, que subsisten en un orden escrupuloso.

Yo también quise amarrar esos instantes. Les he destinado un cajón de la cómoda y acumulo en él vestigios del ayer: la rosa seca, fotos, la alianza, el libro que me suavizara el espíritu, ese botón dorado que levanté de la acera y fue una gota de sol en el charco fangoso de los días. Y otros restos de puntillas que habían adornado mis buenas rachas.

Cuando hago un recuento de mi pequeña fortuna, confirmo que ha perdido el valor original. La rosa es sólo un manojo de pétalos momificados que no me remiten a una evocación precisa. El anillo se vistió de luto y las palabras del libro —ahora— se volvieron estériles.

Son objetos sin conexión con el presente. Nunca los pude ordenar: están enmarañados en la urdimbre de todos aquellos hilos que he ido arrancando de cortinas, dobladillos, mangas, manteles, en mi insistencia de perfección.

Pobres dosis de dicha que perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.




 ©  Noviembre 2013    Mirella S.